Tempus Fugit

Por: Sergio Sarita Valdez

Especial para “HOY”

El trovador y cantautor cubano Pablo Milanés hizo una breve y profunda alegoría poética a la cual le agregó música. De vez en cuando, sus versos, filosóficos y románticos, suelen colarse espontáneamente en mi pensamiento. Se trata de la canción “Años”, la cual asoma como agua de manantial susurrándome al oído: “El tiempo pasa,/ nos vamos poniendo viejos,/ el amor no lo reflejo, como ayer,/ en cada conversación,/ cada beso, cada abrazo,/ se impone siempre un pedazo de razón. . . vamos viviendo,/ viendo las horas, que van muriendo,/ las viejas discusiones se van perdiendo/ entre las razones”.

Me resulta imposible fragmentar la continuidad el tiempo como lo hace el tictac del reloj. Venimos al mundo, nos insertamos y corremos en el espacio, unos con más lentitud, otros con más rapidez. Tampoco consigo segmentar la historia de los pueblos, ya que cada generación contribuye con sus ladrillos, en la construcción del inagotable relato de la humanidad. En la marcha del carro universal no hay palanca de retroceso, todo es ir, siempre adelante, para bien o para mal.

El conglomerado de familias de habla castellana, ubicadas en los 48,000 kilómetros cuadrados de la parte oriental de la Isla de Santo Domingo, abrazó las ideas del patricio Juan Pablo Duarte en la primera mitad del siglo XIX. Así nació la República Dominicana, como nación libre e independiente. Anexada luego, hubo de ser restaurada unos veinte años después por una pléyade heroica simbolizada en la figura de Gregorio Luperón. La brújula del ideario duartiano ha servido de guía a las distintas generaciones que han navegado en las huracanadas aguas por donde perennemente transita nuestro idolatrado barco país.

A sabiendas de que sin memoria histórica no hay porvenir patriótico, transcribo un fragmento del mensaje restaurador enviado por Duarte, desde la línea noroeste, el 28 de marzo de 1864, al gobierno en armas: “Pero sonó la hora de la gran traición en que el Iscariote creyó consumada su obra, y sonó también para mí la hora de la vuelta a la Patria: el Señor allanó mis caminos y a pesar de cuantas dificultades y riesgos se presentaron en mi marcha, heme al fin, con cuatro compañeros más, en este pueblo de Guayubín dispuesto a correr con vosotros, y del modo lo que tengáis a bien, todos los azares y vicisitudes que Dios tenga aún reservados a la grande obra de la Restauración Dominicana que con tanto denuedo como honra y gloria habéis emprendido”.

Bella y hermosa es la respuesta que diera el Vicepresidente Ulises Francisco Espaillat: ”La historia de los padecimientos de esta Patria, es la historia de su gloria; y cada dominicano en sus propios infortunios ha recibido glorias que le han hecho llevadera su situación. Hoy, víctima de la más espantosa miseria, todo lo olvida y sólo trabaja por la consolidación de nuestra interrumpida independencia; en esta obra todos los hijos de la Patria están comprometidos, todos deben cooperar; así no duda el Gobierno que usted también y sus compañeros de viaje cooperarán con su contingente; venga pues, General, la Patria le espera…”

La violencia y la inseguridad se ensañan contra la paz y el bienestar del pueblo dominicano. Urge abrazarnos al ideario duartiano por una mejor y más confiable nación. Vuela el tiempo, actuemos ahora, la Patria espera de nosotros, mañana será muy tarde.

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